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Mi abuela Felipa y sus cinco cajitas

Luna. 

Siempre me pareció un apellido precioso, mágico, rodeado de estrellas, omnipresente en todo el firmamento. 

Mi abuela lo vivió como el designio de haber nacido fuera de la caja. 

Hija de madre soltera a primeros del siglo XX, era como una marca de nacimiento, y no presagiaba nada grandilocuente. 

Sus primeros pasos los dio en un orfanato, empezó a correr en la montaña, con una familia de leche, ahora se llaman familias de acogida. 

 Su primer baile lo hizo con mi abuelo, hombre noble, gallardo, con buena planta y luminosos ojos azules. 

Hablaron de sueños, compartir vidas y de cajitas.

Mi abuela, que no tuvo cajita después de nacer, encontró en mi abuelo José la alacena donde poner sus ilusiones, su orgullo y sus cajitas. 

La alacena empezó a llenarse de cajitas. 

Mi abuela las iba colocando en los estantes, las cuidaba con amor de madre y su corazón se fue partiendo en pequeños cachitos y cada cajita respiraba y palpitaba al ritmo de su corazón.

Mi abuela parecía tener una varita mágica porque de la nada iba agrandando las cajitas. 

Les daba color, textura… 

Eran cajitas traviesas, a veces bajaban de la alacena y se perdían en pilla-pilla o montaban en el tractor de la bajera. 

Luego volvían de nuevo a colocarse. 

Mi abuelo, cuando volvía de la larga jornada en el campo, siempre repasaba la alacena y tocaba cada cajita con sus manos callosas. 

Cuando su mano tocaba una parte de la cajita, del roce sonaba una pequeña nota de música y mi abuelo hacía un gesto con la boca y pensaba: 

“Bien. Está bien, todo está bien”. 

Una alacena con una gran estrella de cinco puntas.

La primera noticia le llegó a mi abuela por una de las vecinas que entró apresurada y jadeante al corral donde mi abuela limpiaba unas habas para la comida. 

El río Ebro se había llevado su primera cajita, su querida cajita la arrastró el río, sin aventurar que parte de su corazón bajaba a las profundidades y quedaría enredado entre las piedras y algas del fondo. 

Mi abuelo calló el dolor, mi abuela entrelazó en sus brazos las otras cuatro cajitas y lloró el dolor de todos. Después, se secó los ojos y brilló como la matriarca que era, como un pura sangre, noble y grande. 

Se podían contar el paso de los años por los callos en las manos de mi abuelo. Mi abuela los contaba por las cajitas que se iban de la alacena para construir otras cajitas en otras alacenas.

Tres de las cuatro cajitas encontraron sueños que compartir y con quién compartirlos. 

Madrugadas silenciosas de azadas, tierra quebrada, verduras recogidas para la primera venta en el mercado de abastos. 

Mi abuela no sabía que las cajitas eran poliedros y que tenían nombres y que los nombres iban cambiando con las decisiones que tomamos en la vida. Que las vidas que vivimos se viven en todas partes y cada uno la vive por primera vez, sin saber que otros ya la han vivido.

Mi abuela nunca conoció a William Styron ni a Alan Pakula ni a Meryl Streep, estoy segura de que hubiera congeniado con Meryl Streep, dos castil de tierras en Tierras de Bardenas. 

Una de sus cajitas, antes de que Alan Pakula llevara al cine “Sophie’s Choice” (La decisión de Sofía) también tuvo que elegir y mi abuela sintió que la cajita de porcelana caía al suelo y se rompía en mil pedazos. Ya no hubo consuelo, ni para mi abuela ni para Sophie ni para la cajita.

El mundo de mi abuela Felipa empezó siendo un pentaedro y luego pasó a ser un triedro. ¿Cómo se le puede poner nombres al dolor?

Mi abuela, siendo mujer de pocas palabras, pero sí muy sesuda, también hubiera congeniado con Carl Gustav Jung y su inconsciente colectivo. 

Mi abuela sonríe y me susurra al oído, mujer prudente y alejada de protagonismos, “lo que hubiera aprendido ese Jung de mi historia” y se aleja porque en su corazón siguen latiendo sus cajitas, 

sus cinco cajitas, 

siempre cinco.