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Mi tía Alicia y el segundo mandamiento

Mi tío paterno Jesús me regaló en la boda de mi sobrina Cristina un recuerdo que me llegó como una flecha al corazón y se llenó de emociones de mi tía Alicia y su primer amor. 

Mi madre nunca celebró su aniversario de boda, ahora que lo pienso no sé la fecha de su boda, no era cosa importante.

El día de su boda, mi madre se vistió con un traje chaqueta gris, falda tubo y chaqueta corta con solapas redondeadas, unos zapatos negros de ensueño y un tocado en la cabeza. 

Se le veía radiante, luciendo su juventud con rebeldía y coraje. 

Su hermana Alicia llegó junto con la novia y se sentó con sus hermanos, sonreía por fuera y añoraba por dentro. 

Había entregado unas semanas antes la invitación de la boda de su hermana a su novio, su primer novio. 

iban entrando los invitados a la iglesia y él no aparecía. 

Mi tía esperaba, sin confianza, pero esperaba que el malentendido entre las respectivas madres no ahuyentara el cariño entre ellos. 

Volvía la cabeza con disimulo y miraba la puerta. 

Ya faltaba poco para que empezara la misa, el cura ya estaba preparando el libro sagrado de las lecturas. 

No quería mostrarse impaciente y, antes de empezar la ceremonia, volvió a mirar la puerta, luego los pasillos, luego los bancos de atrás, no encontró su rostro, sus ojos ni su sonrisa entre los invitados. 

Terminó la ceremonia. 

No escuchó la lectura de la misa, no vio a su hermana diciendo el “sí quiero”. 

Él no había podido acompañarla, él no vino, él no llegó a ser el “nosotros” que ella quería. 

Los besos dados, las palabras entredichas, todo se diluyó.

 No hubo fotos de excursiones, de fiestas, de boda, de hijos, de cumpleaños, no hubo nada que compartir, él no fue. 

Mi tía se encontró rodeada de familia y amigos que felicitaban a los novios y ella se vio sin novio y sin amor. Y todo por unas semillas de borraja que, habiéndole la madre de él pedido a mi abuela Felipa, crecieron fuertes y erguidas en el campo de mi abuelo y no vieron el sol en el campo del futuro novio. 

El destino es muy caprichoso. 

El futuro de mi tía fue decidido por unas semillas de borraja. 

La vida sigue dando años para vivir y deja que cada uno pinte su lienzo. 

Mi tía encontró otro amor y tuvo otra historia.

Mientras escribo veo a mi tía volviendo con disimulo la cabeza atrás, nunca lo pudo tener a él, su primer amor, pero tuvo otras cosas: tuvo marido, asma y añoranzas. 

Mi tía dice que deje de escribir, que no traiga recuerdos ni llame al pasado y sin embargo, le brillan los ojos con los “quizás”, los “te quieros”, los roces. 

Yo —Tía, lo hago por ti, por nosotras, tus quizás han sido mis quizás.  Vamos juntas a escribir nuestra historia, te voy a ayudar a escribir tu historia, a pintar tu lienzo. 

Tía Alicia —Sobrina, ya es tarde, no tiene sentido, la vida ya se fue. 

Yo —Tía, la vida sigue, sigues en mí, en mis hijas. 

Tía Alicia —Por mis sobrinas, mis niñas, sí, por ellas sí. Dime qué tengo que hacer. 

Yo —Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 

Tía Alicia —Yo siempre he amado al prójimo. 

Yo —Sí, tía, siempre has amado y cuidado al prójimo, pero no te amaste a ti misma, los demás estuvieron por delante de ti. 

Mi tía tragó saliva, me enseñó sus manos siempre abiertas para los demás, pero no aprendieron a tocarse su corazón, sus “quieros”, sus miedos, sus fortalezas. 

Nunca se reconoció en sus fortalezas, en su esencia y dejó que la vida la meciese y rompiese a su capricho. 

Nunca fue dueña de sí misma y ese vacío lo llenaron otras manos y otros “te quieros”, nunca hubo “ecos”.

Amarás a tu prójimo como a ti misma.

Ámate y amarás. 

Mi tía abre sus manos, las junta, pone su amor y su grandeza en ellas, las cierra y las lleva a su corazón.

Mi hija Victoria coge su móvil y está buscando algo. 

Lo ha encontrado y mira a su tía Alicia, se cruzan las miradas. 

Empieza a sonar  “Easy on me” de Adele.

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