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RELATO 12. Mi abuela Felipa y la caja de nácar

Mi abuela Felipa nunca me habló de la caja de nácar, pero yo sabía que la tenía en uno de los cajones de la cómoda de la habitación de la costura. 

A veces me pedía una tela, algún hilo y revolviendo entre las cosas del cajón, allí estaba. 

La caja tenía una pequeña incrustación de nácar, a mí me parecía material celestial porque brillaba cuando le rozaba la luz de las tardes de verano. 

La caja siempre estuvo cerrada, había respeto por la caja porque nadie hablaba de ella.

Mi abuela, mujer de la postguerra, sólo tenía dos joyas de oro, su redondo y desgastado anillo de casada y una pequeña llave que siempre llevaba colgada en el cuello con una fina cadena. 

Una vez le pregunté a mi madre qué abría la llave de la abuela, me dijo que era de la pequeña caja de nácar, pero luego se quedó pensativa y se calló. 

Cuando mi abuela Felipa falleció heredé varias cosas para recordarla, una perola redonda y me quedé con la llave, pero no encontramos la caja. 

En el sinfonier de mi habitación hay, en un pequeño cajón, una caja con una incrustación de nácar. 

He llevado mucho tiempo una cadena en el cuello con la llave de mi abuela y la llave de mi caja. 

Mis hijas saben de la caja, pero guardan silencio porque la caja siempre está cerrada y bien escondida. 

Hace unos días quedé con mi abuela, ella me miró y vio mis ojos pequeños y tristes. 

Me quité la cadena con las dos llaves y cogiéndole las manos se la deposité y le dije: 

“Abuela, quiero ser libre y feliz”. 

Mi abuela asintió. 

De la caja salieron las ausencias, conté hasta tres, las despedimos y les dimos las gracias.

Hoy mis hijas no recuerdan la cajita de nácar ni el colgante con las llaves. 

Hoy tenemos un nuevo comienzo. 

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